El arte y el espíritu de Omar Faruk

Ömer Faruk Tekbilek, uno de los mejores músicos turcos actuales, es también un gran ejemplo de paciencia y amor a Allah.

Faruk dice que “la música es el camino más corto a Dios”, y su profunda espiritualidad se refleja en su trabajo, en el que rescata el valor de la interpretación en vivo de los instrumentos étnicos combinándolo con una creatividad que raya en lo místico.

Es por ello que decidí traducir un extracto de la magnífica entrevista de Alya Nuraï con Omar Faruk, publicada en la página web del artista: http://omarfaruktekbilek.com/press-a-reviews/54-the-best-things-come-to-those-who-wait-an-interview-with-omar-faruk-tekbilek.html

“Tomé mi primer instrumento a los 8 o 9 años, una flauta kaval. Mi hermano mayor era mi mayor inspiración. Aunque no se sentó a enseñarme, yo lo veía tocar, y así fue como empecé a tocar yo solo”.

Después de dos años de estudiar música de manera autodidacta, Faruk entró en contacto con un pariente lejano que tenía una tienda de bağlama, un instrumento de cuerda, y fue él quien le enseñó las escalas musicales y ritmos básicos.

Además, Adana, la ciudad en la que Faruk nació en 1951, es una comunidad con muchos parques y jardines en los que solía haber presentaciones musicales.

“Mi ciudad era muy buena para la música en ese entonces. Traían músicos de Estambul y Ankara cada verano. Era como una fiesta. Tuve mucha suerte, fue una gran oportunidad. Ser de Adana es una gran herencia porque solía ser la frontera entre oriente y occidente. Siempre había intelectuales y me permitió entrar en contacto con la música árabe, griega. En donde yo estaba se interpretaba toda la música mediterránea, no solo música turca”.

Cuando todavía era menor de edad, Faruk empezó a tocar en clubes nocturnos a los que sus amigos músicos lo ayudaban a entrar.

El padre de Faruk, un hombre sumamente religioso, envió al artista a una escuela islámica con la esperanza de que se convirtiera en imam. Fue así como Faruk se interesó por el sufismo, la rama mística del Islam.

“Cuando tenía 12 años y estudiaba en la escuela islámica me percaté de que cuando rezaba, el estado mental que alcanzaba era muy similar a lo que sentía cuando tocaba el ney o el bağlama. Al bloquear el mundo exterior y conectarme conmigo mismo me percaté de que para rezar y tocar se requiere el mismo estado mental. Sentía que la motivación era la misma, porque estaba en mí, utilizando mi aliento y mi energía e irradiándola con la alegría y experiencia de ese momento.

A los 16 años se mudó a Estambul junto con su hermano mayor. En la ciudad más boyante de Turquía, Faruk recibió la inspiración de las enseñanzas de la orden sufi de los derviches Mevlevi e hizo amistad con músicos como el saxofonista Burhan Tonguch, el flautista sufi Gunduz Kutbay e Ismet Siral, especializado en instrumentos de viento.

“Siral me enseñó algo sorprendente: que todos los músicos, independientemente de lo que toquen, son percusionistas. Porque si no tocas no hay sonido. En la tradición sufi se cree que Dios creó el universo con un sonido, ‘Ommmm’, pero independientemente de la vibración, fue ese primer golpe el que creó el sonido, y el sonido se convierte en música”.

A los 20 años Faruk hizo su primera gira a Alemania, Francia y Estados Unidos con un ensamble de música clásica y folklórica turca. Fue en ese viaje en el que conoció a su esposa, Suzan, cuyo hermano era percusionista y tocó con su banda en Rochester.

Al terminar la gira Faruk regresó a Turquía a hacer su servicio militar. “Me encantó. Dicen que el servicio militar es una escuela de profeta, porque mientras sirves te descubres a ti mismo. Aprendes a ser desprendido, a servir a tu país y a servir a la humanidad, y descubres tu capacidad de adaptación incorporando todo. Para mí hacer el servicio militar fue algo muy hermoso”.

En 1976, tras completar su servicio, Faruk regresó a Estados Unidos y se casó la chica que había conocido en Rochester. Sin embargo, como Faruk no podía dedicarse exclusivamente a la música, para complementar sus ingresos encontró un trabajo en el fabricante de ropa de caballero Hickey-Freeman.

Sobre esa experiencia, dijo: “El primer año batallé. No podía aceptar el cambio. Pero después lo acepté, y cuando acepté que ese era mi destino, todo se disolvió. Desaparecieron los problemas, disfrutaba planchar, mi jefe, mi familia. Encontré el secreto. Aceptar las cosas como son es el secreto. Primero uno intenta cambiar las cosas, y si no lo logra, entonces es mejor disfrutarlo”.

Sin embargo, Faruk nunca abandonó la música: junto con su cuñado percusionista formó una banda llamada “Los Sultanes” que aunque en un principio fue un grupo de música pop, con la incorporación de un tecladista egipcio y un músico griego especializado en bouzouki, un instrumento de cuerda, la banda empezó a interpretar música étnica.

Para los años 80 Faruk había aprendido a compaginar sus dos trabajos: “Salía de la fábrica corriendo para subirme al escenario. Estaba ansioso de tocar. Aprendí que la música no es para presumirla con la gente, sino para mi propio crecimiento espiritual, para irradiar todos los valores en mí. La música se convirtió en mi salvación”.


Una noche de 1988, la suerte de Faruk cambió. En una presentación en el Fazil’s International Club de Manhattan fue descubierto por el productor y multinstrumentista Brian Keane, que buscaba músicos para la banda sonora de la película ” Süleyman el magnífico”, basada en la vida del sultán que gobernó Turquía de 1520 a 1566.

Tras concluir el proyecto de la banda sonora, Faruk y Keane sacaron cinco discos más, que propulsaron a Faruk al mercado de música mundial. Pese a su popularidad, Faruk siguió trabajando para Freeman-Hickey hasta que en un lamentable accidente con una cortadora sufrió la pérdida parcial de uno de sus dedos.

Tras convalecer durante 6 meses regresó al trabajo, pero la empresa le ofreció el mismo puesto, algo que Faruk no estaba dispuesto a aceptar por temor a sufrir otro accidente, así que después de 20 años de servicio fue despedido.

Faruk estaba sumamente deprimido cuando Allah, siempre compasivo, lo recompensó con una carta de Celestial Harmonies, una disquera de música new age que le ofrecía un contrato por cinco años. Faruk se dio cuenta de que esa salvación provenía directamente de Dios. “Fue mi liberación”, dijo.

En cuanto a su arte, Faruk se refiere a su visión musical como “las cuatro esquinas”. “En mis CDs siempre hay cuatro esquinas: una para el folkor, que es la música tradicional; una para lo romántico, con canciones de amor; una para la imaginación, el estilo libre y una para lo místico, para rezar y agradecer a Dios”.

Faruk considera que la música no debe tocar a las personas solo en el presente, sino también conectarlas con otro tiempo. “Pienso que cuando la gente escucha una melodía tradicional, los pone en contacto con su pasado. Para mí es esencial poner cosas del pasado, cosas sufistas, cosas de amor y cosas nuevas”.

Sin embargo, hay un elemento primario de inspiración que, según Faruk, las conecta: “Mi aliento es el corazón del asunto. Observo mi respiración y agradezco a Dios por respirar. La vida que respiras es la fuente de la felicidad, es el secreto. El aliento proviene de Dios y pasa por nosotros. Así que respiro y estoy conmigo mismo, y esa motivación es un hábito diario. Igual que cuando tenía 12 años, sigo hacienda lo mismo. Tomo mi ney y toco notas largas que abren mis pulmones, después toco un poco de percusión para abrir mis dedos. Es algo que hago a diario, así obtengo inspiración de todos los instrumentos, algo del ney, algo del laúd, la percusión, algo del bağlama.

Tuve la dicha de conocer el trabajo de este artista turco por su disco “Alif”, que contiene un tema del famoso compositor egipcio Farid-al Atrash, “Ya Buoy”, que Faruk arregló especialmente para la danza del vientre.

Sobre el belly dance, göbek dansı en turco, Faruk dice:

“Una bailarina mueve bandas de energía al exterior, así que tú la ves e interactúas con ella, así ella baila mejor y tú tocas mejor. Es un círculo de energía. Siempre he sentido que la bailarina interpreta lo que estamos haciendo y que nosotros también acompañamos sus movimientos. Así que se trata de una interacción. En lugar de ser un músico engreído, con una actitud de ver menos a las bellydancers, siempre las he respetado, las veo como artistas que se expresan. Nunca me molestó, aunque molestaba a muchos músicos a mi alrededor”.

Mientras trabajaba en la fábrica, cuando Faruk llegaba a casa tomaba su darbouka y su nay. “Tocaba, cantaba, practicaba. Recuerdo que un día estaba llorando, tan feliz… todo era hermoso. Y dije: ‘Dios, llegará un día en el que lo que estoy experimentando ahora saldrá, y la gente lo experimentará a través de mí. Y llorarán conmigo esta sensación de felicidad, inşa Allah’. Ahora ese sueño se está volviendo realidad. Mucha gente viene al escenario cuando termino y me abraza y llora conmigo. Me dicen: ‘No entendemos lo que dices, pero ciertamente sentimos lo que sientes’. Es una gran alegría por todos los años que me cultivé”.

El artista, que fue galardonado recientemente con el premio de “Músico más exitoso” de Golden Turk Award, ha grabado 13 discos: Alif, Beyond the Sky, Crescent Moon, Dance into Eternity, Fata Morgana, Fire Dance, Kelebek, Mystical Garden, One Truth, Rare Elements, Tree of Patience, Whirling y la banda sonora de la película “Süleyman The Magnificent”.

Quienes han tenido el privilegio de verlo en vivo dicen que sus presentaciones son electrizantes.

Aunque yo no he tenido esa fortuna, lo que puedo decir es que su música, aún grabada, es capaz de tocar las fibras más sensibles del ser humano, y que al tocar un instrumento, Faruk transmite la luz de su espíritu con toda la fuerza de lo divino.

ما شاء الله

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Acerca de Giselle Habibi

Soy periodista, traductora y bailarina de danza árabe, pero ese es mi ego hablando. Mi yo interior es un espíritu despierto, un alma ecléctica que vive el presente apasionadamente. Creo que en la amplia variedad de habitantes de este mundo tenemos una fuente inagotable de maestros así como de compañeros para disfrutar el samsara. Desearía que cuidáramos mejor a la naturaleza y especialmente a nuestra familia humana, porque todos somos UNO y lo que pensamos, hacemos y decimos reverbera para siempre.
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