La paranoia de una gata negra

gatanegra2Un día mi hijo llegó con una gata y me rogó que la aceptara en casa porque aparentemente estaba ciega. Cuando se la regalaron en la calle le dijeron que venía de una situación muy difícil, pero no le explicaron exactamente qué le había pasado.

Aunque la gata era muy pequeña (no más de 20 centímetros) gruñía y sacaba las garras cuando intentabas acercarte a ella, así que finalmente desistimos de interactuar con ella y simplemente la dejamos vivir a su aire en nuestra casa.

El primer rincón que escogió para refugiarse fue el closet de un cuarto vacío. En él se escondía tan bien que a veces pasaban días sin que la viéramos. Luego, cuando descubrimos su escondite, decidió guarecerse dentro de un jarrón, y sólo salía de noche a comer, tomar agua e ir al baño cuando ya todos nos habíamos dormido.

Por entonces teníamos también otra gata súper sociable y juguetona, así que sospechamos que fue ella quien rompió por accidente el jarrón una vez que no estábamos en casa. Fue entonces cuando la gata negra encontró su nuevo refugio: atrás de la lavadora.

Con el tiempo empezó a salir, con suma cautela, cuando estábamos en la sala de la casa. Daba pasos cortos y taimados y, sin quitarnos la vista de encima ni por un segundo, llegaba hasta su plato de comida y agua. Cuando se sentía muy audaz incluso se atrevía a cruzar toda la sala hasta el baño en donde estaba su caja de arena. Resulta que no era ciega, sino simplemente paranoica.

Conforme fue creciendo aprendió a saltar del baño al cuarto de lavado a través de la ventana y empezó a interactuar con la otra gata en casa. A veces las oíamos correr en la sala por las noches, pero nunca dejó de desconfiar de los humanos. Cada vez que salíamos a mitad de la noche a tomar agua o al baño, salía disparada del sillón en el que estaba echada y corría a esconderse detrás de la lavadora. Cuando estábamos en la sala, solía vernos desde el pasillo de la cocina, pero cuando nos levantábamos de nuestro lugar a hacer cualquier cosa, huía derrapándose como si su vida dependiera de ello.

Llegó la fecha de nuestro viaje anual a la playa, así que mi hijo se dio a la tarea de atraparla para poderla llevar a algún lugar donde pudieran cuidarla. Ella, temerosa como de costumbre, corrió de un lado a otro del departamento para evitar que mi hijo la atrapara, y cuando por fin logró acercarse a ella, se defendió clavándole sus dos colmillos en la mano. Angustiada por la persecución, brincó a la ventana del frente del edificio y saltó… de un cuarto piso.

No sabemos si lo hizo por un error de cálculo (pensando que la ventana tendría la misma altura que la que dividía al baño del cuarto de lavado) o si se percató de la altura y aún así decidió saltar ante el “peligro inminente” de que mi hijo la atrapara y le hiciera daño. Desafortunadamente, cayó sobre los barrotes de acero que recubren el estacionamiento de nuestro edificio y no sobrevivió a la caída. Pasó sus últimos minutos jadeando, con la boca ensangrentada.

Esa fue la primera vez que pude tocarla. Su pelo era suave y corto. Si ella me tenía miedo a mí, yo le tenía el doble de miedo a ella, puesto que siempre que intentábamos acercarnos se ponía súper agresiva.

Su trágica historia, que acabó el 19 de diciembre de 2013, me conmovió muchísimo e hizo reflexionar durante varios días. ¿Cuántas veces no tomamos decisiones precipitadas por nuestra interpretación de las acciones o intenciones de los demás?

Alguna vez leí que vemos el mundo como somos, no como es, y creo que es muy cierto. Muchas veces hacemos conjeturas sobre las personas o situaciones que nos rodean y llegamos a conclusiones que tomamos como ciertas sin tomar en cuenta que, con frecuencia, esas conclusiones son solo resultado de nuestros propios temores, paranoias y experiencias pasadas.

Cuántas veces permitimos que nuestra cabeza hable y hable, susurrándonos todo tipo de desconfianzas, pesimismo y “malos viajes” sin tomar en cuenta que muchas veces esos pensamientos carecen de fundamento real o surgen de nuestro propio marco de valores y creencias personales, resultado de nuestra propia educación y experiencias de vida. ¡La cuestión es que cada individuo tiene sus propias historias y creencias desde las cuales actúa! Así que antes de interpretar las acciones de alguien más sin consultarl@, detente. Frena todo ese proceso mental y no lo reanudes hasta que puedas aclarar tus dudas con la persona en cuestión. Descubrirás que muchas veces la explicación era más sencilla y menos rebuscada o trágica de lo que nuestra mente nos lleva a creer.

Y si no puedes hablar con esa persona o la “paja mental” tiene que ver con una situación pasada o futura o con algo que no puedes cambiar, ¿qué caso tiene que le dediques tu energía? Recuerda que lo único que tienes seguro es el presente, lo que puedes sustentar con hechos, no con sospechas.

En mi casa, nadie quería hacerle daño a la gata negra, y ante ese temor infundado probablemente basado en sus experiencias pasadas, acabó saltando hacia su propia muerte a mitad de la noche. El consuelo que me queda es que, numerológicamente, la gata murió en un día que suma uno. Espero que eso sea señal de un nuevo comienzo para ella en un mundo que perciba como menos hostil.

No todos buscan hacerte daño, en la Tierra también existe la bondad y las buenas intenciones, así que no permitas que tu cabeza te sabotee. Para lograrlo hay varios métodos. Uno de ellos es simplemente respirar. Cuando te des cuenta de que llevas un rato pensando obsesivamente sobre alguna situación, detente y respira once veces, centrando toda tu atención en como entra y sale el aire por las fosas nasales. Repite el proceso hasta que tu cabeza haya dejado de “hablar” y evita darle más vueltas al asunto. Y si no logras hacerlo por tí mism@, pide ayuda profesional, antes de que sea demasiado tarde.

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Acerca de Giselle Habibi

Soy la autora del libro Danza Oriental en Egipto, periodista, traductora y bailarina de danza árabe, pero ese es mi ego hablando. Mi yo interior es un espíritu despierto, un alma ecléctica que vive el presente apasionadamente. Creo que en la amplia variedad de habitantes de este mundo tenemos una fuente inagotable de maestros así como de compañeros para disfrutar el samsara. Desearía que cuidáramos mejor a la naturaleza y especialmente a nuestra familia humana, porque todos somos UNO y lo que pensamos, hacemos y decimos reverbera para siempre.
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Una respuesta a La paranoia de una gata negra

  1. Julie dijo:

    Gracias Giselle, que buena reflexión, efectivamente, nuestros pensamientos nos atrapan muy sutilmente y cuando nos dejamos llevar por ellos son destructivos, ya que perdemos nuestra escencia, nuestro momento presente. que es donde radica nuestro Ser,

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