El mito del Califato

La historia política de una idea

Por Nick Danforth (c) Foreign Affairs

califato

Abdulhamid II, que se convirtió en uno de los últimos sultanes otomanos y califas, retratado cuando era príncipe en 1867. (Foto: W.&D. DOWNEY / JEBULON)

En 1924 el líder turco Kemal Ataturk abolió oficialmente el califato otomano. Hoy en día, la mayoría de los debates occidentales sobre el Estado Islámico de Irak y al-Sham (ISIS), el grupo extremista que ha sido declarado un califato en gran parte de Irak y Siria, comienza haciendo referencia a este evento como si fuera un punto de inflexión en la historia islámica. Algunos islamistas contemporáneos piensan lo mismo.

Incluso si los islamistas de hoy en día hacen referencia a los otomanos, la mayoría de ellos se centran más bien en tratar de recrear califatos anteriores: la era de los cuatro califas bien guiados, que gobernaron inmediatamente después de la muerte de Mahoma en el siglo VII, por ejemplo, o el califato abasí, que existió de una forma u otra de los siglos XI a XIII (antes de ser abolido oficialmente por los mongoles). Al equiparar a la familia real otomana del siglo XIX, con estos califas de hace un milenio o más, los expertos occidentales y los pensadores musulmanes nostálgicos han construido una narrativa del califato como una institución permanente, esencial para el Islam y el pensamiento islámico entre los siglos VII y XX. De hecho, el califato es una idea política o religiosa cuya relevancia ha sufrido altibajos según las circunstancias.

La historia más reciente del califato bajo los otomanos muestra por qué podría ser más adecuado pensar en esta institución como una fantasía política, una pizarra en blanco tan nebulosa como la “dictadura del proletariado”, que los islamistas contemporáneos inventan. (Si no lo fuera, ISIS no podía utilizar el mismo término para describir su intento de estado sangriento y despiadado que los empresarios británicos musulmanes utilizan para articular la idea de un líder electo y democrático para el mundo islámico.) Lo que es más, la historia de el califato otomano también sugiere que al tratar de realizar casi cualquier versión de esta fantasía, los islamistas contemporáneos bien podrían enfrentarse a las mismas contradicciones que aquejaron la otomanos hace un siglo.

Cuando el Imperio Otomano conquistó Egipto y la Península Arábiga en 1517, el sultán Selim el Severo reclamó oficialmente el título de califa para él y sus herederos. Además de tomar el control de las ciudades de La Meca y Medina, Selim reforzó su poder trayendo una colección de prendas del Profeta y pelos de su barba a Estambul.

Siglos después, los otomanos decidieron que tenían que hacer todo el proceso se viera un poco más respetable, así que los historiadores reales comenzaron a afirmar que el heredero final del califato abasí, que vivió en el exilio en El Cairo después de perder su trono, otorgó su título voluntariamente a Selim. En términos más prácticos, los otomanos reforzaron su pretensión de liderazgo islámico al servir como guardianes de la peregrinación Hajj y enviar un manto dorado finamente decorado para cubrir la Kaaba cada año.

Para poner este asunto de la apropiación del título en perspectiva, cuando el sultán otomano Mehmed II conquistó la capital bizantina de Constantinopla 64 años antes de Selim conquistara Egipto, había reclamado el título de César de Roma para sus descendientes. Como ser califa tenía más peso que ser César para los otomanos a finales del siglo XIX, fue en gran parte el resultado de una campaña política por parte del sultán Abdulhamid II para instigar el sentimiento anticolonial en todo el estado otomano e impulsar su propia legitimidad interna. Algunas de técnicas era que su nombre fuera leído en las oraciones del viernes y distribuir ejemplares del Corán en todo el mundo islámico desde África hasta Indonesia.

No hay duda de que muchos musulmanes, ante el triunfo del colonialismo europeo en sus propios países, llegaron a admirar la idea de que un líder piadoso y poderoso como el sultán otomano desafiara el imperialismo occidental en nombre de todo el mundo musulmán. Ciertamente los funcionarios británicos y franceses expresaron creciente temor con respecto a su poder potencial sobre los musulmanes colonizados del norte de África y la India. A pesar de que estaba dispuesto a tratar de aprovechar esos temores, hasta Abdulhamid tenía sus dudas sobre el grado de influencia real de sus esfuerzos en esos lugares remotos.

ottoman empire

Una cosa que le preocupaba en particular era el hecho de que no todo el mundo aceptaba sus reclamos sobre el califato. Exceptuando a quienes apoyaron a Abdulhamid por solidaridad religiosa había otros, motivados por el nacionalismo árabe o la insatisfacción con la tiranía de Abdulhamid, que cuestionaron el fundamento religioso de su gobierno. Estos pensadores, entre ellos Rashid Rida, justificaron la creación de un califato árabe diferente citando al profeta Mahoma en el sentido de que el verdadero califa tenía que ser un descendiente de la tribu Quraysh del Profeta. (Los otomanos, al parecer, aceptaron la validez de esta cita, pero tenían su propia interpretación de ella de que el Profeta quiso decir que en realidad el califa no tenía que provenir de la tribu Quraysh).

En todo caso la violenta política de principios del siglo XX superó rápidamente a la teología. A pesar de sus mejores esfuerzos como defensor de la fe, Abdulhamid siguió perdiendo territorio y poder político a manos de las fuerzas imperialistas cristianas. Eso ayudó a los líderes laicos del movimiento de los Jóvenes Turcos, como Enver Pasha, a hacer al sultán a un lado y tomar el poder para sí mismos en vísperas de la Primera Guerra Mundial Cuando el Imperio Otomano tuvo cierto éxito militar, al librar tardíamente su Segunda Guerra de los Balcanes, Enver se volvió una inspiración para el mundo musulmán: líderes como Enver Hoxha, el futuro líder de Albania, y Anwar al-Sadat, el futuro líder de Egipto, llevan su nombre.

HEREDERO ÁRABE

El poder de Enver decayó con la derrota otomana al final de la Primera Guerra Mundial Ataturk se convirtió rápidamente en un nuevo héroe al encabezar una campaña exitosa para expulsar a los ejércitos de Francia, Italia, Gran Bretaña y Grecia de la Anatolia otomana. Rápidamente algunos de los mismos musulmanes que habían apoyado el califato anti-imperial de Abdulhamid encontraron aún más cosas para admirar en el desafío armado de Ataturk a la fuerza europea. En Palestina, por ejemplo, los musulmanes que en otro tiempo recurrieron al califa otomano en busca de protección contra los colonos sionistas y ocupantes británicos comenzaron a apoyar a Ataturk, lo que llevó a un oficial británico a temer que la figura turca se había convertido en “un nuevo salvador del Islam.”

Al mismo tiempo, la disminución del poder otomano antes, durante y después de la Primera Guerra Mundial prestó cada vez mayor credibilidad a la idea de un nuevo califa, no otomano en el mundo árabe. Pero nunca fue del todo claro quién sería el califa árabe. El resultado fue que cuando Ataturk abolió finalmente la institución del califato en 1924, no hubo una protesta clara y coherente del mundo musulmán. Muchos musulmanes, en particular los de la India para quienes los símbolos pan-islámicos como el califa eran una parte importante del anticolonialismo, protestaron, mientras que otros estaban más interesados ​​en las maniobras para reclamar el título para sí mismos.

El más famoso fue Husayn Ibn Ali, jerife de La Meca, conocido por los admiradores de Lawrence de Arabia por su papel protagónico en la rebelión árabe. Como el líder local con el control de La Meca y Medina, y una línea supuestamente clara de descendencia de la tribu del Profeta, Husayn creía que después de expulsar a los otomanos de Medio Oriente, podría convertirse en un rey árabe, con todos los poderes religiosos y temporales del califa. En pos de este objetivo, cuando Ataturk exilió al sultán otomano, Husayn lo invitó a La Meca. (El monarca exiliado pronto decidió que prefería la Riviera italiana.)

Varios años más tarde, el hijo de Husayn, Abdullah, fundador de la monarquía jordana, declararía que al acabar con el califato, los turcos “rindieron el mayor servicio posible a los árabes”, por lo que sintió que debía “enviar un telegrama agradeciendo a Mustafa Kemal”. Por supuesto, los planes de Husayn no salieron como esperaba. A pesar de conseguir el respaldo británico a su plan al principio de la guerra, cayó en conflicto con el Acuerdo Sykes-Picot. Los franceses expulsaron a su hijo de Siria, y en poco tiempo, los saudíes lo expulsaron de la Península Arábiga. Para cuando Husayn se declaró oficialmente el califa, supuestamente debido a la insistencia de un grupo selecto de líderes musulmanes, su poder se había reducido a tal punto que la declaración parec un acto de desesperación.

Mientras tanto la monarquía egipcia, por su parte, hizo su propio reclamo. A pesar de que el rey Fuad estaba estrechamente alineado con los británicos y era descendiente de albaneses del Cáucaso sin vínculo con la familia del Profeta, el rey presentó su caso en secreto para reemplazar a los otomanos. En palabras de un erudito islámico, Egipto estaba en mejor posición de asumir el califato que, por ejemplo, un nómada del desierto como Husayn “porque tomó el liderazgo en la educación religiosa y tenía un gran número de musulmanes altamente educados e inteligentes.” Aparentemente el rey Idris I de Libia también consideró pujar por el título, pero, como Fuad, decidió que tenía muy poco apoyo para hacerlo oficialmente.

A pesar de que a la larga reclamó la Tierra Santa a Husayn, el rey Saud de Arabia Saudí fue uno de los pocos líderes que nunca reclamó el califato, aunque sin duda debatió la idea. Saud estaba alineado con el movimiento wahabista, que surgió como una rebelión en contra de la supuesta decadencia del gobierno otomano en el siglo XVIII. Irónicamente, a pesar de que otros árabes compartían su oposición al califa de estilo otomano, su marca particular de la religiosidad era demasiado radical para pensar en que tenía muchas posibilidades de convertirse en califa.

Al final, la impropiedad de estas disputas políticas fue sólo uno de los factores que contribuyeron a dejar la discusión sobre el califato en reposo durante las próximas décadas. Muchos musulmanes respondieron a su abolición redoblando sus esfuerzos para construir gobiernos constitucionales laicos en sus propios países. De hecho, parte de la oposición más fuerte a las aspiraciones califales del rey egipcio provino de liberales egipcios que se oponían a cualquier movimiento que aumentara el poder de la monarquía. El erudito egipcio Ali Abd al-Raziq, en su famosa y polémica crítica de la idea del califato, incluso llegó a afirmar que el Corán no contiene “ninguna referencia al califato”. Este fue también el período en el que una serie de pensadores laicos y religiosos por igual, comenzaron a debatir la posibilidad de que el califa debía ser una figura puramente religiosa, como un “papa islámico”, sin el estorbo de ningún poder temporal.

UNA ESPERANZA Y UNA ORACIÓN

Sería un error pensar que los movimientos islamistas del siglo XXI que tratan de revivir el califato lo hacen en el nombre de un mandato islámico claro y bien definido. Más bien, son simplemente otros jugadores en un debate de siglos sobre un concepto que sólo de vez en cuando ha adquirido relevancia generalizada en el mundo islámico.

El legado de rondas anteriores de este debate se sigue sintiendo en la actualidad. No es de extrañar que, como fuente de inspiración histórica, el califato otomano tenga mayor influencia entre los islamistas turcos, cuya nostalgia le debe mucho más a la forma en la que nacionalistas turcos han glorificado al imperio que a la piedad de los sultanes. Por el contrario, el legado religioso de la crítica del siglo XVIII de Abd al-Wahhab del Estado otomano, combinado con el legado político del nacionalismo árabe anti-otomano más reciente, da a muchos islamistas no turcos amplias razones para preferir el precedente de un califato árabe.

Al tratar al califato otomano como el punto de referencia histórica final al que los islamistas actuales aspiran, los expertos occidentales confunden el sueño contemporáneo de un líder musulmán poderoso y respetado universalmente con el sueño fallido del sultán otomano de convertirse en esa figura. Las circunstancias que unen a estos sueños, y el atractivo de un poder religioso fuerte de cara al poder político, militar y económico de Occidente, podrían ser las mismas. Pero también hay desafíos. Los personajes contemporáneos que reclaman el título de califa podrían acabar en el mismo barco que los califas otomanos. El éxito político o militar, en lugar de la historia o teología, pueden conseguirles una legitimidad de corta duración, pero el fracaso en estos ámbitos traerá a otros contendientes en busca del poder.

Fuente: https://www.foreignaffairs.com/articles/middle-east/2014-11-19/myth-caliphate

THE MYTH OF THE CALIPHATE 

The Political History of an Idea

By Nick Danforth (c) Foreign Affairs

In 1924, Turkish leader Kemal Ataturk officially abolished the Ottoman caliphate. Today, most Western discussions of the Islamic State of Iraq and al-Sham (ISIS), the extremist group that has declared a caliphate across much of Iraq and Syria, begin by referencing this event as if it were a profound turning point in Islamic history. Some contemporary Islamists think of it this way, too: there’s a reason, for example, that Lion Cub, the Muslim Brotherhood’s children’s publication, once awarded the “Jewish” “traitor” Ataturk multiple first prizes in its “Know the Enemies of Your Religion” contest.

Even if today’s Islamists reference the Ottomans, though, most of them are much more focused on trying to re-create earlier caliphates: the era of the four Rightly Guided Caliphs, who ruled immediately after Muhammad’s death in the seventh century, for example, or the Abbasid caliphate, which existed in one form or another from the ninth to the thirteenth centuries (before being officially abolished by the Mongols). By conflating the nineteenth-century Ottoman royal family with these caliphs from a millennium ago or more, Western pundits and nostalgic Muslim thinkers alike have built up a narrative of the caliphate as an enduring institution, central to Islam and Islamic thought between the seventh and twentieth centuries. In fact, the caliphate is a political or religious idea whose relevance has waxed and waned according to circumstance.

The caliphate’s more recent history under the Ottomans shows why the institution might be better thought of as a political fantasy—a blank slate just as nebulous as the “dictatorship of the proletariat”—that contemporary Islamists are largely making up as they go along. (If it weren’t, ISIS could not so readily use the same term to describe their rogue and bloody statelet that Muslim British businessmen use to articulate the idea of an elected and democratic leader for the Islamic world.) What’s more, the story of the Ottoman caliphate also suggests that in trying to realize almost any version of this fantasy, contemporary Islamists may well confront the same contradictions that bedeviled the Ottomans a century ago.

 

OTTOMAN REBRANDING

When the Ottoman Empire conquered Egypt and the Arabian Peninsula in 1517, Sultan Selim the Grim officially claimed the title of caliph for himself and his heirs. In addition to taking control of the cities of Mecca and Medina, Selim bolstered his claim by bringing a collection of the Prophet’s garments and beard hairs back to Istanbul.

Centuries after the fact, the Ottomans decided that they needed to make the whole process look a little more respectable, so royal historians began to assert that the final heir to the Abbasid caliphate, living in exile in Cairo centuries after losing his throne, had voluntarily bestowed his title on Selim. More practically, the Ottomans buttressed their claim to Islamic leadership by serving as guardians of the hajj and sending an elaborately decorated gilt mantle to cover the Kaaba each year.

To put the title grab in perspective, when the Ottoman Sultan Mehmed II conquered the Byzantine capital of Constantinople 64 years before Selim conquered Egypt, he had claimed the title Caesar of Rome for his descendants. To the extent that being caliph had any more purchase than being Caesar for the Ottomans in the late nineteenth century, it was largely the result of a political campaign on the part of Sultan Abdulhamid II to rally anticolonial sentiment around the Ottoman state and to boost his own domestic legitimacy. His techniques included seeking to have his name read out at Friday prayers and distributing Korans around the Muslim world from Africa to Indonesia.

There is no doubt that many Muslims, faced with the triumph of European colonialism in their own countries, did come to admire the idea of a pious and powerful leader like the Ottoman sultan defying Western imperialism on behalf of the entire Muslim world. Certainly, British and French officials expressed increasing fear about his potential power over Muslim colonial subjects in North Africa and India. Although he was eager to try to leverage such fears, however, even Abdulhamid had his misgivings about how much real influence his efforts won him in such far-flung locales.

One thing that particularly worried him was the fact that not everyone accepted his claims on the caliphate. Separate from those who rallied around Abdulhamid out of religious solidarity were others, motived by Arab nationalism or dissatisfaction with Abdulhamid’s tyranny, who questioned the religious foundation of his rule. Such thinkers, including at some points Rashid Rida, justified the creation of a different, Arab caliphate by quoting Muhammad as saying that the true caliph needed to be a descendant of the Prophet’s Quraysh tribe. (The Ottomans, it seems, accepted the validity of this quote but had their own interpretation of it, in which the Prophet actually meant that the caliph didn’t need to be a descendant of the Quraysh tribe.)

But in either case, the violent politics of the early twentieth century quickly outmatched theology. Despite his best efforts as defender of the faith, Abdulhamid kept losing territory and political power to Christian imperialist forces. That helped the secular leaders of the Young Turk movement, such as Enver Pasha, sideline the sultan and take power for themselves on the eve of World War I. When the Ottoman Empire then enjoyed some military success, belatedly holding its own in the Second Balkan War, Enver became an inspiration to the Muslim world. Indeed, the list of babies reportedly named after him at the time includes Enver Hoxha, the future leader of Albania, and Anwar al-Sadat, the future leader of Egypt.

 

ARAB HEIR

Of course, Enver’s own star faded, too, with the Ottoman defeat at the end of World War I. Ataturk quickly emerged as a new hero by leading a successful campaign to drive French, Italian, British, and Greek armies out of Ottoman Anatolia. Quickly, some of the same politically attuned Muslims who had supported Abdulhamid’s anti-imperial caliphate found even more to admire in Ataturk’s armed defiance of European might. In Palestine, for example, Muslims who had once turned to the Ottoman caliph for protection against Zionist settlers and British occupiers began to cheer Ataturk, leading one suspicious British officer to worry that the Turkish figure had become “a new savior of Islam.”

At the same time, the decline of Ottoman power before, during, and after World War I loaned increasing credence to the idea of a new, non-Ottoman caliph in the Arab world. But it was never entirely clear just who that Arab caliph would be. The result was that when Ataturk finally abolished the institution of the caliphate in 1924, there was no clear or coherent outcry from the Muslim world as a whole. Many Muslims, particularly those in India for whom pan-Islamic symbols such as the caliph were an important part of anticolonialism, protested. Others were more interested in maneuvering to claim the title for themselves.

Most famous was Husayn ibn Ali, sherif of Mecca, who is known to Lawrence of Arabia fans for his leading role in the Arab Revolt. As the local leader with control of Mecca and Medina—and a supposedly clear line of descent from the Prophet’s tribe—Husayn believed that after driving the Ottomans out of the Middle East, he could become an Arab king, with all the religious and temporal powers of the caliph. In pursuit of this goal, when Ataturk exiled the Ottoman sultan, Husayn invited him to Mecca. (The exiled monarch soon decided he preferred the Italian Riviera.)

Several years later, Husayn’s son Abdullah—founder of the Jordanian monarchy—would declare that, in ending the caliphate, Turks had “rendered the greatest possible service to the Arabs,” for which he felt like “sending a telegram thanking Mustafa Kemal.” Of course, Husayn’s plans didn’t come off exactly as expected. Despite getting British backing for his scheme early in the war, he famously fell afoul of the Sykes-Picot Agreement. The French drove his son out of Syria, and before long, the Saudis drove him out of the Arabian Peninsula. By the time Husayn officially declared himself caliph, supposedly at the insistence of a select group of Muslim leaders, his power had dwindled to the point where the declaration seemed like an act of pure desperation.

The Egyptian monarchy, meanwhile, had a claim of its own to advance. Despite being closely aligned with the British and descended from Circassian Albanian ancestors with no tie to the Prophet’s family, King Fuad covertly put forward his case to succeed the Ottomans. In the words of one Islamic scholar, Egypt was better suited to the caliphate than, say, a desert nomad like Husayn “because she took the lead in religious education and had a vast number of highly educated and intelligent Muslims.” King Idris I of Libya also seemed to consider making a bid for the title but, like Fuad, ultimately decided he had too little support to do so officially.

Saudi Arabia’s King Saud, despite eventually seizing the Holy Land from Husayn, was one of the few leaders who never put forward a claim to the caliphate, although the idea was certainly discussed. Saud was aligned with the Wahhabi movement, which arose as a rebellion against the supposed decadence of the Ottoman government in the eighteenth century. Ironically, although his opposition to the Ottoman-style caliph was shared by other Arabs, his particular brand of religiosity was too radical for him to ever think he had much chance of becoming caliph himself.

In the end, though, the unseemliness of such political wrangling was just one of the factors that helped put the caliphate discussion to rest for the next several decades. Many Muslims had responded to its abolition by redoubling their efforts to build secular constitutional governments in their own countries. Indeed, some of the strongest opposition to the Egyptian king’s caliphal aspirations came from Egyptian liberals who opposed any moves that would increase the monarchy’s power. Egyptian scholar Ali Abd al-Raziq, in his famously controversial criticism of the very idea of a caliphate, even went so far as to claim that the Koran contains “no reference to the caliphate that Muslims have been calling for.” This was also the period where a number of thinkers, secularists and religious Muslims alike, began discussing the possibility that the caliph should be a purely religious figure, like an “Islamic pope,” unencumbered by any temporal power.

 

A HOPE AND A PRAYER

It would be a mistake to think that twenty-first-century Islamist movements trying to revive the caliphate are doing so in the name of a clear, well-defined Islamic mandate. Rather, they are just other players in a centuries-long debate about a concept that has only occasionally taken on widespread relevance in the Islamic world.

The legacy of earlier rounds of this argument can still be felt today. It is no surprise that, as a historical inspiration, the Ottoman caliphate holds most sway among Turkish Islamists, whose nostalgia owes far more to the way Turkish nationalists have glorified the empire than it does to the piety of the sultans. Conversely, the religious legacy of Abd al-Wahhab’s eighteenth-century critique of the Ottoman state, combined with the political legacy of more recent anti-Ottoman Arab nationalism, gives plenty of non-Turkish Islamists ample reason to prefer the precedent of an Arab caliphate.

By treating the Ottoman caliphate as the final historical reference point for what current Islamists aspire to, Western pundits conflate the contemporary dream of a powerful, universally respected Muslim leader with the late Ottoman sultan’s failed dream of becoming such a figure himself. The circumstances uniting these dreams—and the appeal of strong religious power in the face of Western political, military, and economic power—may be the same. But so are the challenges. Contemporary claimants to the title of caliph may quickly find themselves in the same boat as Ottoman caliphs. Political or military success, rather than history or theology, can bring short-lived legitimacy, but failure in these realms will bring other contenders for power.

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Acerca de Giselle Habibi

Soy periodista, traductora y bailarina de danza árabe, pero ese es mi ego hablando. Mi yo interior es un espíritu despierto, un alma ecléctica que vive el presente apasionadamente. Creo que en la amplia variedad de habitantes de este mundo tenemos una fuente inagotable de maestros así como de compañeros para disfrutar el samsara. Desearía que cuidáramos mejor a la naturaleza y especialmente a nuestra familia humana, porque todos somos UNO y lo que pensamos, hacemos y decimos reverbera para siempre.
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