Danza y prostitución en la Argelia colonial

(Traducción resumida del artículo de Barkahoum Ferhati* “La bailarina prostituta conocida como Ouled Naïl, entre el mito y la realidad: 1830-1962).

El término Ouled Naïl es una contracción de la palabra aw lad Sidi Naïl, que puede traducirse como hijos del santo Sidi Naïl, una tribu que habitaba en las tierras altas del sur de Argelia, cuyas montañas se llaman Awlad Naïl.

Beit el kbira (la casa grande)

En 1845, cuando la ciudad de Bou-Saada empezó a ser colonizada, la actividad principal giraba en torno al comercio de la lana. Por la noche, los comerciantes y los soldados se reunían en los cafés árabes para distraerse. Faidherbe, el ingeniero militar que fortificó la ciudad, escribió en 1851: “En el café moro, las chicas ouled naïl, que llevan ropa y adornos extravagantes, bailan al son de música extraña”.

Había un mezouard, un agente designado en la época otomana, que vigilaba a las prostitutas y cobraba los impuestos. En 1850 esta figura fue sustituida por la policía de los moros. Entonces se confinó a las prostitutas en un lugar específico, llamado por Galland “el asilo de las Naïlia” que se instaló en una plaza bordeada por un lado por tiendas de los nativos, y por otro por la comisaría de Policía y la “casa de la escuela”. Así surgió el área reservada, organizada en torno a un patio central rodeado de 16 a 18 cabinas, cada una de las cuales estaba destinada a albergar dos prostitutas. Localmente se le conocía como Beit el kbira (la casa grande) y durante mucho tiempo fue parte central de la vida económica y social de la ciudad.

Hacia la década de 1930, se trasladó a las orillas del Oued de Bou-Saada. En este edificio se anexó un dispensario conocido como bitar el hibç (prisión de enfermería). Las prostitutas estaban encerradas permanentemente en este nuevo espacio, del que no podían salir más que con autorización.

Burdeles en la calle de las ouled naïl

En los años de 1930 la población de Bou-Saada alcanzó los 50.000 habitantes, y la urbanización y la euforia turística contribuyeron a un cambio en la prostitución. Alrededor de Beit El Kabira, situada en las orillas del río, se establecieron gradualmente burdeles en la calle de la “tolerancia”, comúnmente conocida como la “calle de las ouled naïl”.

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Oficialmente, la calle se llamaba rue Bosquet, el nombre de un héroe del Ejército de África. En 1952 en la calle de la Linterna existía una veintena de burdeles cada una con cinco prostitutas en promedio. Cada “casa”  era designada con el nombre de su propietario o propietaria, y a menudo por su origen tribal. Por ejemplo, se mantiene la memoria de Zaïdania el M’dukaniya, un verdadero centro artístico de un pueblo cercano; M’Dukan. De rara belleza, fue la modelo preferida del pintor orientalista francés Etienne Dinet (1864-1929).

En Bou-Saada, la calle de las ouled naïl era la más animada de la ciudad. Claro que la calle del amor y la alegría era también un lugar de muerte y peleas. No pasaba ni un día sin que la policía o el ejército intervinieran. ¿Quién no recuerda los disturbios de 1932? Una pelea entre los clientes que se disputaban los favores de una prostituta degeneró en una revuelta que sacudió a casi toda la ciudad. El gobierno central incluso llegó a creer que se trataba de una revuelta popular provocada por los nacionalistas. El Gobernador General envió una comisión para averiguar. En Argelia se dispuso entonces de un espacio propio para la prostitución, así que la inscripción « Maison honnête » en el frontispicio indicaba la frontera que no debía ser cruzada, mientras que en Túnez las puertas de las prostitutas fueron marcadas con un tinte rojo, tahmir.

Debido a razones económicas la oficina de turismo incluyó a la “calle de las Ouled Naïl” en su programa de visitas de “atractivos turísticos” y convirtió a los burdeles en “casas de danza”. El turismo y el atractivo del exotismo hicieron que las bailarinas prostitutas adquirieran experiencia en el trato con los viajeros e hicieran innovaciones en la danza “hierática”.

M’bita, noche de baile

La m’bita era una noche de canto y baile. En la m’bita del Sindicato de Iniciativa de Bou Saada, las prostitutas ejecutaban danzas locales para los turistas. La danza saâdaoui, también llamada naïli, era interpretada por dos mujeres que iban y venían con un paso deslizante y ligero, enmarcado por balanceos de brazos y flexiones de manos.

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Obra del pintor francés Etienne Dinet

También existía la “danza de la botella”, que apareció por primera vez en el área reservada y en la que la bailarina equilibraba una botella de licor sobre su cabeza. Había otro baile ajeno a la tradición local: la danza desnuda. Émile Dermenghem la clasificó de herejía. Era ejecutada en la segunda parte del programa de la noche, por una tarifa suplementaria. Cuando las chicas bailaban desnudas, los músicos giraban sus taburetes y tocaban viendo hacia la pared.

La bailarina solo podía presentarse ante su público y clientes vestida con el traje “tradicional”, que no difería del de las otras mujeres. Sin embargo, debido a su contacto con el exterior, fue evolucionando. Aunque la regulación de la prostitución no imponía un traje especial a la prostituta, se recomendaba la “decencia” y les exigía usar el velo, (bu’awina), al salir a la calle. Utilizado por todas las mujeres en Bou Saada, este velo les cubría el cuerpo por completo y solo dejaba un ojo al descubierto. Así la ropa, el cabello y la joyería de la bailarina quedaban completamente ocultos bajo el velo.

A principios de siglo su peinado incluía mascadas, joyería y trenzas y era amplio y pesado. Revelando largas trenzas enrolladas alrededor de los orejas estaba el turbante (gennur). Este estilo estuvo de moda hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial. La tradición prohibía que las mujeres llevaran la cabeza descubierta.

En los años 50 pasaron las trenzas para atrás y el frente estaba rodeado por una mascada tejida llamada shedda. Parte de la cabeza quedaba descubierta. La abundancia y diversidad de joyería les permitía disponer de ellas como bienes en los días difíciles. El número de piezas indicaba la fortuna de la bailarina.

Además las prostitutas se embellecían en el baño turco (hamam)  y acudían a visitas médicas semanales para asegurarse de no haber contraído sífilis (mardh el kbir). Se decoraban las manos y los pies con diseños en color rojo hechos con henna, se depilaban el vello íntimo y se maquillaban con kohl y swak, que blanqueaba los dientes y enrojecía las encías. Su rostro tenía tatuajes (usham) y se perfumaban con bkhur. Utilizaban accesorios de metal y casi siempre llevaban cubierta la cabeza.

Entrada en la prostitución: reclutamiento y aprendizaje

En Bou-Saada, el reclutamiento se realizaba a una edad temprana dentro de la familia, el pueblo o la tribu.

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La iniciación a la danza, el punto de entrada en la prostitución, requería un aprendizaje real. Fatima el coptana (Fátima la capitana) era la “dueña” de una veintena de bailarinas que había reclutado en su pueblo. Y Yamina, la de temible reputación, había puesto a su servicio todas sus hermanas y sobrinas.

La vida cotidiana se organizaba de acuerdo con un calendario establecido por la administración: los sábados y los domingos se reservaban exclusivamente a los militares, para evitar incidentes con los clientes civiles. El martes, el día de mercado en Bou Saada, estaba reservado para los clientes civiles, viajeros y comerciantes. Y el resto de la semana, las prostitutas recibían principalmente a los locales.

Además, la administración pedía a las prostitutas animar las festividades oficiales: en el festejo del 14 de julio las prostitutas desfilaban en sus baçurs (palanquines) junto a los militares por las calles de la ciudad.

A pesar de su vida agitada, la bailarina se hacía cargo de su familia. A menudo ayudaban a comprar una casa, un jardín o animales de los que vivía su gente. También eran madres de familia y muchas mandaban a sus hijos a la escuela. Algunos lograron carreras fuera de la prostitución. Para las niñas, la elección era limitada, ya que nacían y vivían en el área reservada y el negocio de sus madres era el único modelo a seguir. En cuanto a los muchachos, tenía que aprender un oficio relacionado con su ambiente. Shaush era la profesión más popular: chicos que administraban la herencia de su madre, hermana o tía.

Cuando las prostitutas envejecían por el paso del tiempo, el alcohol, el tabaco y todo tipo de bebidas adulteradas, eran abandonadas. Con suerte, algunas terminaban de cuidadoras de los burdeles. Otras, después de un sueño premonitorio, abandonaban el área reservada para tomar “la senda de Dios” y llevar una vida ascética. Se volvían khaunya, hermanas en el Islam, investidas de baraka, un regalo de Dios con propiedades curativas. Algunas realizaban la peregrinación a la Meca y se convertían en hayat. Para juntar dinero para visitar los lugares sagrados, algunas trabajaban día y noche en telares y la fortuna que acumularon trabajando en la zona reservada era destinada a obras de caridad. Las más jóvenes podían llegar a casarse. A veces tenían la suerte de ser elegidas por un hombre rico. Se consideraba un acto de valentía que un musulmán se diera a la tarea de hacer que una mujer dejara la vida deshonrosa.

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*Barkahoum Ferhati, es un arquitecto de EPAU de Argel, Doctor en Historia y Civilización de EHESS (París). Dirigió el Museo Nacional Etienne Dinet deBou-Saada en Argelia hasta el incendio de agosto de 1995. En la actualidad es investigador en el Centro Nacional de Investigaciones Prehistóricas, Antropológicas e Históricas CNRPAH en Argel.

Acerca de Giselle Habibi

Soy periodista, traductora y bailarina de danza árabe, pero ese es mi ego hablando. Mi yo interior es un espíritu despierto, un alma ecléctica que vive el presente apasionadamente. Creo que en la amplia variedad de habitantes de este mundo tenemos una fuente inagotable de maestros así como de compañeros para disfrutar el samsara. Desearía que cuidáramos mejor a la naturaleza y especialmente a nuestra familia humana, porque todos somos UNO y lo que pensamos, hacemos y decimos reverbera para siempre.
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