¿Abortar o no?

Seguramente estarás hecha una madeja de emociones encontradas. Una parte de ti quizá esté contenta por la noticia de estar embarazada de esa persona que en un momento fue significativa en tu vida, otra quizá sienta miedo por la magnitud de la responsabilidad que se te viene encima o incluso enojo porque el papá ya se convirtió en un mal recuerdo. En todo caso, si estás leyendo esto es porque seguramente este bebé no estaba planeado.

Me decidí a escribir este texto porque una vez yo me encontré en la misma situación que tú. Después de haber sido mamá dos veces e incluso abuela, un día, a los 44 años, me enteré que estaba embarazada. Y como no quiero que pases por lo que yo pasé después, me atrevo a contarte esta historia a ti, que estás embarazada y ponderando la posibilidad de abortar.

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Antes que nada debes saber que mi mamá es adoptada y se siente agradecida con su madre biológica por haberla entregado a una familia que la llenó de cariño y comodidades y le permitió tener una buena vida. Ella se enteró de que era adoptada a los 50 años, por casualidad, y eso no la motivó a averiguar más de sus padres biológicos. Para ella sus padres son quienes la criaron.

Sin embargo yo, que crecí sin la presencia de mi padre (que dejó a mi madre antes de que yo naciera) sí siento curiosidad de saber de dónde vengo. A mi padre lo he visto unas 10 veces en total, y aunque no he convivido mucho con él, sé lo suficiente de su vida y personalidad para sentir sus genes en mí. De mis abuelos biológicos no se casi nada, ni del lado de mi padre ni del lado de mi  madre, así que cuando me veo al espejo refleja un enorme hueco sobre mi propia identidad. ¿Quiénes son mis ancestros y cómo se reflejan en mí? ¿Acaso parte de su historia se ha repetido en la mía? Solo puedo decirte que la sensación de esta gran incógnita no es agradable.

Con respecto a mí, tuve a mi primera hija a los 20 años y al segundo, a los 24. La primera vez que fui mamá, el papá de mi hija no estuvo presente por mucho tiempo en nuestras vidas por motivos demasiado delicados como para exponerlos aquí. La segunda vez sí tuve a mi lado al papá de mi hijo, que se convirtió en el papá de mi hija también hasta que nos divorciamos, siete años después. Por experiencia propia te digo que no creo que la década de los 20 sea la mejor para asumir la responsabilidad de tener un hijo, puesto que aún no sabes a ciencia cierta quién eres tú mismo ni tienes la madurez y solvencia económica que normalmente vienen más adelante en la vida.

En todo caso admito que mis hijos fueron toda mi vida un motor que me impulsó a superarme y salir adelante. Yo hice lo mejor que pude, con mis limitaciones humanas y errores, puesto que durante muchos años buscar pareja fue una prioridad para mí y eso me distrajo en muchas ocasiones de la tarea de ser madre.

Así que al enterarme de que estaba embarazada por tercera vez, 20 años después de que nació mi último hijo, me sentí aterrorizada por varias razones. 1) No sabía si el bebé venía sano o no – la posibilidad de tener un hijo con síndrome de Down aumenta considerablemente después de los 40, y eso por mencionar solo uno de los muchos riesgos de un embarazo a esta edad. 2) Temía la reacción del papá 3) No sabía si viviría los años suficientes para encargarme de él (era un niño, lo sé por el tarot, que leo) y si hubiera nacido con algún problema de salud y yo no vivía los suficientes años, ¿quién se habría encargado de él? 4) No sabía si tendría el suficiente dinero para sacarlo adelante sola, otra vez, puesto que de los dos hijos que tengo yo siempre fui su principal sustento, y de uno de ellos continúo siéndolo, a sus 20 años.

Me imaginé cargando a ese bebé en esas muchas noches de desvelo normales de los primeros meses de vida pero con mucha menos energía que antes. Me imaginé teniendo que explicarle a mi hijo que pese a que su papá reaccionó mejor de lo que esperaba cuando le di la noticia de que estaba embarazada, al final acabó diciéndome que no quería ni conocerlo y que tampoco le daría el derecho a conocer a su familia. Yo creo que ningún bebé merece experimentar el dolor de saberse rechazado por su padre.

También pensé si darle la vida era realmente un regalo, dados los tiempos que corren, de degradación ambiental y social y de incertidumbre laboral en especial para los más jóvenes. Uno de mis dos hijos agradece la vida y la aprecia (el que es papá de mi nieta); la otra, se la pasa renegando de la vida y de la era que le tocó vivir. Yo lo que te digo con toda honestidad es que en el caso de mis dos hijos, si yo pongo en un lado de la balanza lo que les di, y en otro lado lo que recibí de la experiencia de ser madre, no sé si realmente me compensó.

Así que al final agarré el valor (no se bien de dónde) y después de toda una vida de ser 100% pro-vida y anti-aborto, en esta ocasión decidí interrumpir mi embarazo. Antes de tomar el taxi para ir a la clínica, recé por última vez, y le pedí a Dios que si era su voluntad que este bebé naciera, su padre me pidiera con su propia  boca que no abortara, puesto que yo esta vez no encontraba la fuerza necesaria para volver a ser mamá sola.

Llorando a mares en todo el trayecto, llegué a Marie Stopes, en la colonia Roma. Elegí el procedimiento de aspiración sin anestesia. ¡Muy mala idea! Si te decides a abortar, definitivamente no escojas la esta clínica para ello, ni mucho menos elijas la opción de estar despierta durante el procedimiento. Es lo más doloroso que he experimentado, como un parto pero multiplicado por tres, aunque el procedimiento apenas dura 15 minutos. No se si a todas les duela igual, pero para mí, fue insoportable.

Cuando terminó no escuchaba nada, vomité, me sentía muy débil; tardé en poder siquiera pararme para vestirme y pasar a la sala de recuperación. No te permiten ver los restos ni mucho menos llevarlos contigo. Yo me sentía como en un manicomio, puesto que en ese lugar, sólo yo lloraba, las demás se sentían aliviadas. No las juzgo, si eso, hubiera querido poder sentirme como ellas, pero no fue así: me sentía muy triste de haber perdido el regalo divino de tener un bebé del hombre que amaba, y a la vez profundamente decepcionada por su actitud desentendida.

Ese día cuando llegué a casa y cerré los ojos, descubrí un negro y profundo silencio dentro de mí que nunca antes había sentido. Mi alma era completamente NEGRA. Lo más fuerte vino a la noche siguiente, cuando entre sueños sentí que una bolita luminosa y azul brillante, del tamaño de una naranja, se posó sobre mi mano izquierda. Al principio no entendí qué estaba pasando, luego, de ella salió una pequeña manita. Fue entonces cuando entendí que se trataba de mi bebé. Con sorpresa empecé a acariciarla y todo mi cuerpo tembló de forma descontrolada. Del susto me desperté y ya no pude restablecer el contacto con su pequeño espíritu 😦

No sé si mi bebé vino a hacer contacto conmigo, o a despedirse. No sé si fue Dios queriendo mostrarme lo que sintió el bebé cuando aspiraron el saco gestacional de 4 semanas que se estaba formando en mi útero. Quizá mi bebé vino a advertirme que dentro de mí habían quedado restos del aborto, y que si no me atendía iba a morir infectada. Lo cierto es que yo se que mi bebé vino esa noche y al menos pude sentirlo una vez, y por ello me siento profundamente agradecida.

Dolor, lágrimas, más dolor y sufrimiento de una nueva clase que nunca antes había experimentado. Decidí buscar ayuda psicológica. Es muy importante que tú también lo hagas si decides abortar. En mi caso las psicólogas que me atendieron me ayudaron a enfocar toda esta experiencia de otra manera: el bebé me dio la oportunidad de darme cuenta de lo que yo significaba para el papá del bebé; fue un putazo de la vida para despertar y no permitir que nadie vuelva a arrastrarme al extremo de indignidad al que yo decidí prestarme por “amor” a ese hombre y al arte. (La historia entre él y yo y su nombre no voy a contarlos, porque son irrelevantes para ti, que lees esta historia.

Con respecto a la salud física te cuento que del aborto me quedaron restos porque no me aspiraron el tiempo suficiente. Me di cuenta porque mi vientre estaba inflado y adolorido. Fui al ginecólogo y me recetó antibiótico y Cytotec, para que mi útero lograra expulsarlos con contracciones. Tomé una segunda opinión. Como buen mercader,  este segundo ginecólogo me sugirió que era mejor que me hiciera un legrado, puesto que los restos podrían infectarse y acabaría teniendo un aborto séptico, que puede ser mortal. El procedimiento costaría 50,000 pesos mexicanos (algo así como 2,500 dólares).

Al final opté por lo que me recomendó el primer ginecólogo. Las contracciones dolieron, porque se abren los huesos del coxis como cuando vas a parir, aunque, claro, mucho menos que un parto. A los tres días empecé a sangrar, y finalmente  salieron todos los restos. No me infecté y tres semanas después de haber abortado, mi cuerpo ya estaba ovulando otra vez.

Uno de los dos ginecólogos que consulté también me juzgó. Me dijo que no debía haber abortado… dentro de mi pensé que él no tenía ni idea de lo doloroso que había sido para mí deshacerme de un bebé que quizá había sido una respuesta a mis rezos de conquistar el corazón de ese hombre que tanto amaba. Ojo, no fui yo quien le “metió el gol” a él, todo lo contrario. Yo nunca lo engañé diciéndole que tomaba anticonceptivos. Era él quien siempre se retiraba a tiempo cuando teníamos relaciones. Evidentemente el método de la marcha atrás falló en esta ocasión, sea porque una de las veces no se salió en el momento debido, o sea porque, en efecto, el lubricante también contiene espermatozoides.

Con el paso de los días la tristeza fue aminorando, con la gracia y compasión de Dios, que son infinitas, y poco a poco fui recuperando la luminosidad dentro de mí. Con rezos y terapia psicológica, pude dejar de llorar todos los días. No obstante cada vez que rezo pido perdón por este pecado, que me acompañará en esta vida y quizá también en las que siguen, pido por el espíritu de mi bebé y de todos los bebés que no han nacido, y también pido misericordia para las madres que tomaron esta decisión y les sigue doliendo.

Quizá sea perdonada por lo que hice, o quizá no, lo cierto es que no me arrepiento de la decisión, que creo que fue la correcta, puesto que fue la que implicaba menos sufrimiento para los tres involucrados: el bebé, el papá y yo misma.

No sé tú, pero yo, a estas alturas de la vida, he descubierto que las alegrías de estar vivo no siempre compensan las tristezas. Así que decidir cerrarle a mi bebé la puerta a este mundo y evitarle la pena de encarnar y vivir la experiencia humana fue un acto de amor, no de egoísmo, ni de cobardía.

En terapia la psicóloga me explicó que muchas mamás acaban inconscientemente cobrándole a los hijos el precio del despecho que sienten por el padre, sea porque físicamente el niño o la niña se parece a él, o porque aspectos de su conducta les recuerdan lo que más detestaban de él. Cuando tomé la decisión de interrumpir este embarazo también pensé en eso: que el bebé me recordaría el dolor y desilusión que su padre me hizo sentir cuando en tan solo dos días cambió su actitud radicalmente.

Cuando le di la noticia de que estaba embarazada, intentó convencerme de abortar, pero viendo que yo estaba decidida a tenerlo me dijo que me quería, que yo era especial para él, que él también creía en el destino y que por ello aceptaba mi decisión, y que no me dejaría sola. Sin embargo 48 horas después, me salió que no estaba seguro de que el bebé fuera suyo, pese a que yo le ofrecí que le hiciera pruebas de ADN cuando naciera para cerciorarse de que él era el padre. En mi, naturalmente, no cabía la duda, puesto que durante el tiempo que estuvimos juntos, él siempre fue el único hombre en mi vida. Me dijo que si decidía tener al bebé, el “problema” era solo mío, puesto que él me había dejado en claro que él no lo quería y que nunca aceptaría conocerlo, pero que si decidía abortar, el “problema” era de los dos. Se ofreció a acompañarme a la clínica y a pagar el aborto. Al final no hizo ninguna de las cosas que ofreció.

Llegó a recogerme a la clínica tarde, cuando todo había terminado, e incluso en ese momento no tuvo la humanidad de ofrecerme su brazo para ayudarme a caminar, que me costaba trabajo porque estaba muy adolorida. Se adelantó para no caminar junto a mí, avergonzado de que nos vieran juntos en la calle por la diferencia de edad entre nosotros, que tanto le pesaba… (luego me explicó que no se me acercó porque temía mi reacción, ya que seguramente estaría enojada… bullshit!) Me subí a su coche pero acabé bajándome a los pocos metros, no quise soportar su actitud y palabras hirientes ni un segundo más.

A pesar de que lo bloqué de todos lados, volvió a buscarme varias veces para “hablar”. Yo lo rechacé hasta que pagara lo que prometió. Cuando finalmente lo hizo y nos vimos, fue muy liberador hablar con él, llorar, gritar y contarle todo lo que pasó y también escucharlo, aceptar sus disculpas y saber cómo vivió él las cosas. Me explicó que se acobardó y no supo cómo reaccionar porque era la primera vez que algo así le pasaba en la vida, que el cambio en su reacción tuvo el propósito de hacerme cambiar de opinión sobre conservar al bebé y me pidió perdón por haberse portado como un “pendejo”. Eso sí que fue una sorpresa, puesto que es raro que él acepte un error, mucho menos con esa honestidad.

Después de hablar me pidió que todo entre nosotros volviera a ser como antes. Yo no pude aceptarlo. Aunque debo reconocer que no dejé de quererlo pese a todo, el amor que sentía por él cambió, y después de tanto dolor no me sentí lista para iniciar un nuevo capítulo en nuestra relación, mucho menos en las mismas condiciones indignas de antes. No se si ese día cerramos un ciclo, o abrimos otro, pero lo que sí se es que ese encuentro fue sanador… tanto que después de los llantos, los reclamos y los perdones, pudimos volver a reír y a estar juntos, al menos esa noche.

Al final me dijo: se que no estuvo bien lo que hicimos, pero si eres sincera contigo misma, ¿no crees que estamos mejor así?… creo que al menos en eso tiene razón.

Aquí te comparto esta escena de la película “Los Silencios del Palacio” de la directora tunecina Moufida Tatli.

¿QUÉ DEBES HACER TÚ?

Hay muchos factores a tomar en cuenta para poder tomar esta decisión. La gente podrá criticarte, juzgarte, sugerirte que lo des en adopción y un montón de tonterías más, pero lo cierto es que la ÚNICA que cargará con esta responsabilidad, sea conservar al bebé y ser su madre toda la vida, o sea interrumpir este embarazo, eres TÚ.

Ellos, quienes te juzgan, no estarán allí para desvelarse contigo por las noches mientras el bebé sea pequeño, ni para acompañarte cuando el bebé se enferme y tu estés sola, ni te darán dinero para su manutención si decides conservarlo, ni tendrán que soportar sus berrinches ni sus malas contestaciones cuando sea adolescente. Y si decides abortar, nadie podrá aliviar la tristeza y la pena que conlleva esta decisión, que también te acompañará de por vida. Aunque no te arrepientas de tu decisión, siempre sabrás lo que hiciste y decidiste, y el karma acompañante será inexorable.

Yo tampoco puedo ayudarte a tomar esta decisión. Nadie puede. Sólo puedo invitarte a hacerte a ti misma estas preguntas, que ojalá te ayuden a decidir lo que será mejor para ti y para todos los involucrados.

  1. ¿Cómo cambiará tu vida si decides tener a este bebé?
  2. ¿Qué puedes ofrecerle a este bebé para su vida?
  3. ¿Cuál es tu motivación para tener a este hijo?
  4. ¿Qué es lo que quiere el papá y qué puedes esperar de él?
  5. Si decides darlo en adopción, ¿podrás vivir con la idea de no saber qué fue de tu hijo? ¿Qué puedes hacer para asegurarte de que llegue a manos de una familia que lo ame y no lo maltrate?
  6. Si prefieres abortar, reflexiona al menos dos días más después de tomar la decisión, pero no aplaces la decisión demasiado. Tan solo como dato: el corazón y otros órganos del bebé empiezan a formarse en la quinta semana. Es importante que estés consciente de que, tengas al bebé o no, va a acompañarte toda tu vida, sea en forma de un humano o sea como una decisión de la que tendrás que responsabilizarte para siempre.
  7. Si ya te decidiste a abortar, te sugiero que te despidas del bebé antes de hacerlo; explícale tus razones y pídele perdón por tu decisión. Date ese momento para ti y tu bebé.
  8. Haz el procedimiento en un hospital con médicos, no escojas la clínica de Marie Stopes, es peligroso y el procedimiento es totalmente deshumanizado. Es MUY importante que acudas a consultas de seguimiento después del procedimiento para asegurarte de que quedaste bien y no te quedaron restos. Sobre ir sola o acompañada… yo fui sola, y fue muy duro, pero al final, es algo tan personal que si decides ir acompañada, debes elegir a alguien fuerte capaz de comprenderte y darte la contención que necesitarás.
  9. Llora toda tu tristeza hasta que no te queden más lágrimas, y apóyate con terapia psicológica, que va a ser vital para poder superar todo esto. Si eres creyente, reza, y pide perdón.
  10. Cuando te sientas lista, intenta hacer contacto con tu útero, él también habrá sufrido por el aborto y necesitará que lo nutras con energía universal y amor. Solo a ti te corresponde reconciliarte con esta parte de tu cuerpo.
  11. No lo cuentes a demasiadas personas. No todas están preparadas para lidiar con estas historias y te expones a que te juzguen y critiquen. Comparte tu dolor sólo con las personas más cercanas a ti en las que puedas confiar, pero sí es importante que lo cuentes, para que no te coma por dentro. Si no tienes a nadie en quien confiar, al menos escribe tres cartas: una para tú bebé, una para el papá y una para ti misma, así aligerarás un poco el peso con el que cargas. Vuelve a leerlas las veces que necesites y, cuando te sientas lista, quémalas.
  12. Si el papá te busca para hablar, acepta la invitación una vez que te sientas lista. Yo tuve mucho miedo de hablar con él, pero cuando finalmente agarré el valor y lo hice, fue liberador, tanto para mí como para él.
  13. Vive. Si ya tomaste esta decisión, no dejes que la culpa te suma en la depresión. Si es un pecado y has de pagar por él, ya será en su momento. Por ahora concéntrate en seguir viviendo aunque sin olvidar lo que hiciste, claro está. Que te sirva de lección para cambiar tus hábitos sexuales y adoptar un método anticonceptivo más seguro para que esto nunca vuelva a pasarte.

Te escribo esto a ti, que estás confundida y asustada y no sabes qué hacer. Espero que mis palabras puedan ayudarte en algo a tomar la mejor decisión, con ética pero, sobre todo, con honestidad contigo misma. Me expongo a los comentarios de desprecio de quienes se oponen al aborto por solidaridad contigo, porque sé por lo que estás pasando, y quiero que sepas que no estás sola en tu dolor. Yo te entiendo, y lo comparto.

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Acerca de Giselle Habibi

Soy periodista, traductora y bailarina de danza árabe, pero ese es mi ego hablando. Mi yo interior es un espíritu despierto, un alma ecléctica que vive el presente apasionadamente. Creo que en la amplia variedad de habitantes de este mundo tenemos una fuente inagotable de maestros así como de compañeros para disfrutar el samsara. Desearía que cuidáramos mejor a la naturaleza y especialmente a nuestra familia humana, porque todos somos UNO y lo que pensamos, hacemos y decimos reverbera para siempre.
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