El Cairo

Memorias de El Cairo
القاهرة – Mayo 2010

(Si quieres leer recomendaciones para viajar a El Cairo como bailarina haz click aquí)

Había soñado con ello desde que descubrí la música y la danza árabe en el Instituto del Mundo Árabe en París. Fue allí donde mi madre me regaló mi primer pañuelo de monedas y un disco del cantante egipcio Amr Diab. Al llegar a México, me puse aquel pañuelo rojo en la cintura y con él despertó a la odalisca en mí, como con el toque de una varita mágica.

Desde entonces no había parado de bailar, y con ello de soñar con visitar la cuna de la danza del vientre y conectarme con ella.

Hoy viajaba por fin a la tierra de los faraones y podría envolverme en su atmósfera. El Cairo me ayudaría a descubrir si en verdad era árabe de corazón, si ese era el lugar que en sueños me producía cálidos recuerdos de otras vidas de amor de familia y alegría.

La ciudad del Cairo es decrépita, caótica, cálida, profunda, laberíntica y de color arena. Me gusta. Los egipcios son sonrientes, lisonjeros, alegres, hospitalarios y un tanto insistentes y torpes en su manera de intentar conquistar mujeres. Pasé mi primer día en el Cairo sumergida en el mercado de Khan el Khalili comprando complementos de danza y artesanía: puffs de cuero, una shahada ( الشهادة ) bordada en hilo dorado sobre terciopelo negro, una lámpara plateada con calados de caligrafía árabe. En la tienda de artículos para la danza me compré un shamadan (un candelabro para la cabeza), una túnica de Khalejee, un vestido de saidi, un par de pañuelos de danza, una melaya y otras cosillas.

Al-Azhar

A medio día visité la mezquita de al-Azhar, a la que tanto deseaba poder entrar. Acompañada de un egipcio al que le pagué 30 guinís, subí al minarete, desde donde pude contemplar la ciudad desde las alturas con su enjambre de cúpulas, minaretes, edificios derruidos, azoteas descuidadas, tránsito y gente. En la mezquita había musulmanes de varias razas y nacionalidades tumbados en los pasillos descansando; tutores enseñando a jóvenes a recitar el Corán القرآن y grupos de mujeres comentando el libro sagrado entre ellas.

Dentro de una sala del rezo había uno con un ordenador, muchos tenían la frente marcada de tanto rezar. Tuve que ponerme el velo (hiyab) y una chilaba que me prestaron en la entrada para poder entrar, pero a diferencia de la experiencia que viví en una zagüía en Marrakech, mi presencia no pareció importunar a nadie. En todo el edificio había solo un puñado de turistas.

Recorrí descalza los pasillos de mármol y las salas del salat tapizadas con alfombra roja. Fotografié detalles de la arquitectura islámica, el mihrab, los minaretes, las cúpulas, las celosías de madera y las lámparas. Me sentí sumamente honrada de poder visitar una de las instituciones más importantes del Islam suni e intenté impregnarme del ambiente.

Al salir crucé la plaza de Al Azhar y me dejé llevar por la intuición. Mis pasos me llevaron a la entrada para las mujeres de una mezquita aledaña que resultó ser la de Hussein, hijo de Fátima y Alí y nieto del profeta Mahoma (saws). Me descalcé, me acomodé el velo, entré y me senté entre aquellas hermanas egipcias. Unas rezaban, otras simplemente conversaban. Unas más comían pan y había una que amamantaba a su hijo. En una esquina una chica solitaria leía un pequeño Corán.

Al pasar a la otra sala me encontré con grupos de mujeres devotas rezando con las palmas de las manos hacia arriba en dirección a un cubo que se dice tiene en su interior la cabeza de Hussein. Las imité y recité “Al Fatiha”, la primera azora del Corán que había memorizado para ayudar a Paco en su conversión. De lado izquierdo estaba la zona de rezo de los hombres. Me sorprendió el detalle de la caligrafía realzada sobre el metal de la tumba y le hice una foto.

Afuera de la mezquita recogí mis sandalias y contemplé un poco el ambiente en el exterior. Había una familia sentada en el piso sobre una manta. Contemplaban a un niño pequeño que jugaba a la pelota. El hombre, de bigote y un poco rechoncho, parecía feliz en compañía de su mujer. Me admiró su capacidad de ser felices con tan poco. Hacía mucho que yo me había olvidado la sensación de paz que produce la convivencia en familia sin ornamentos. Comí con el grupo de chicas y mi maestra en un restaurante palaciego. Por la tarde compramos música en una tienda junto al mítico café Al Fishawy en Khan el Khalili, visitamos el atelier de Hanan y vimos más trajes de danza.

A las 10:30 de la noche estaba montada en un crucero por las milenarias aguas del Nilo, esperando a que empezara el espectáculo de danza mientras escuchábamos música en vivo. Me sentía completa y feliz, agradecida con la vida por haber encontrado a Claudia Cenci y haberme convertido en una de sus odaliscas.

La primera bailarina que ví en Egipto

Por fin llegó la bailarina. Era una chica con un sencillo traje negro, el cabello largo y lacio, los senos y los labios operados y una cadena de oro en la cintura. Movía la cadera nerviosamente y contenía la respiración para hacer vibrar el vientre en las pausas. Su danza era francamente vulgar. Para ser la primera bailarina egipcia que veía en El Cairo, sinceramente me llevé una decepción. No obstante, estaba en TODO su derecho, era SU baile y se dedicaba a esa profesión en SU tierra. “Mona” bailó hasta sudar, se fotografió con los clientes y se fue.

Llegó la hora de la tanura, una danza de giro sufi con una falda multicolor. Salió un enano que respondía a las preguntas de la tablah tocando los crótalos. Tenía la cara alargada y ligeramente deforme, y una expresión de tristeza circense. Después llegó un apuesto joven que giró durante media hora luciendo su falda. Tenía un aire solemne que combinaba con una sonrisita maliciosa.

En las ventanas se veían los edificios iluminados a la orilla del Nilo. En las mesas había grupos de mujeres robustas cubiertas de pies a cabeza, familias con niños, hombres que movían los hombros a ritmo de la música. Mucha algarabía, ruido y emoción. Mi maestra dijo que lo que le gustaba del barco Aquarius era que al espectáculo acudían árabes, a diferencia del Maxim, más exclusivo, en el que el ambiente era más frío y había muchos más extranjeros.

“Lo importante no es solo el baile, sino el entretenimiento que genera la bailarina: sacar una fiesta de la nada”, dijo Claudia. “En el fondo la mujer árabe aprecia a la bailarina, porque es un símbolo de libertad. En una sociedad rodeada de tanta represión, la belly dancer es la expresión pura de la feminidad”, agregó.

Las clases

Al día siguiente tomamos clase con el profesor Nabil Wasfy, ex miembro de Reda Troupe. Nabil empezó a bailar cuando tenía 12 años, en una fiesta. Después vio en un diario del Cairo que la escuela de danza pedía niños, y decidió apuntarse. Tras estudiar durante 15 años 7 horas al día, tiene 250 coreografías en la cabeza.

Es ligero como una pluma, y conserva el candor del auténtico folklor egipcio y nubio. Le pregunté cómo veía la sociedad egipcia actual a la danza del vientre y me dijo que las mujeres se habían vuelto tímidas y les daba pena bailar. A diferencia de mi amigo egipcio Mohamed, a quien conocí en Madrid, no piensa que la danza del vientre de a las mujeres una mala reputación, ni que sólo sea interpretada por prostitutas que se venden al mejor postor al final del show.

Por la tarde tomamos clase de melaya con Nesrin, primera bailarina de Reda Troupe. Nos explicó que la danza con melaya es de origen “iskandirí” (de Alejandría). A la orilla del mar las chicas tienden a ser coquetas, nos dijo, pero como las costumbres no lo permiten, se cubren con la melaya.

No obstante, se la ajustan lo suficiente como para marcar las curvas del cuerpo y caminan con sinuosidad intentando llamar la atención.

Nesrin es una egipcia muy guapa de unos 30 y tantos años. La acompaña su hijita en la clase. Lleva 17 años bailando en Reda Troupe y no quiere que su hija se convierta en bailarina profesional porque es una profesión cansada, dice.

De regreso al hotel me fijo en la ciudad y su caos, en el hervidero de gente y coches en el que se ha convertido esta metrópolis africana de 24 millones de habitantes. Las mezquitas, perfectamente cuidadas y conservadas, contrastan con el descuido de la ciudad en general, que tiene tanto edificios europeizados como superpoblados multifamiliares.

Por la noche regresamos al Nilo. En las orillas hay avenidas de un lado, y hoteles de cinco estrellas en el otro. Cae la tarde, el cielo se pinta de tonos rosados y sus aguas se vuelven doradas. Felucas y cruceros iluminados con luces multicolores atraviesan sus aguas bajo la luna anaranjada.

Raqasa mohtarifa

Vamos a ver nuestro segundo espectáculo de danza, en el crucero Nile Crystal, en donde había principalmente extranjeros de todas las nacionalidades: japoneses, australianos, mexicanos, indios y nuestro grupo de españolas liderado por una brasileña. Menudo Babel. Empiezan cantando en varios idiomas (ingles, español, italiano).

Luego aparece la bailarina: Nagwan, una chica joven y de lindo cuerpo, cabello largo y rizado y una gran sonrisa. Bailó una canción junto a los músicos y luego empezó a interactuar con el público. Se acerca a las mesas, hace shimmy de hombros junto a las mujeres y de cadera junto a los hombres. Saca a bailar a algunas de las chicas. Las pone a repetir un paso sencillo y luego hace uno más complicado. Se fotografía con algunas mesas mientras avanza bailando y sale del restaurante.

Luego llega la tanura, giros y más giros de colores que terminan con la falda casi pegada al piso dando vueltas sobre el bailarín tumbado en el suelo. Más tarde llegan dos chicos egipcios de piel obscura y túnica marrón claro con sus asayas. Bailan saidi y con su fuerza aportan el sabor masculino de la tierra egipcia.

Finalmente regresa la bailarina con un vestido negro transparente y un pañuelo de monedas. Termina el espectáculo con un solo de percusión en el que hace gala de toda su maestría. Marca los sonidos con el vientre, la cadera y los hombros al tiempo que hace expresiones coquetas, inocentes, divertidas y pícaras. Nos deja a todos cautivados. ¡La experiencia fue de principio a fin una fiesta!

Al salir del barco fuimos a fumar shisha en un café mientras esperábamos a nuestro chofer, Tamer, que llegaba tarde por enésima ocasión por culpa del desquiciado tránsito cairota. La brisa del Nilo nos refrescaba mientras susurraba: Ahlan ua sahlan.

Al día siguiente tomamos clase de dabke con el profesor libanés Gabi Shiba. Nos explica que al golpear el suelo firmemente con la planta de los pies es como si se hiciera una afirmación de que la tradición continúa viva. Aunque de origen turco, la danza de dabke también se baila en Líbano, Irak, Irán, Jordania, Siria y Palestina, especialmente en las bodas. Suele bailarse en fila mientras el líder hace girar un pañuelo (mandil) o un rosario (masbaha) que sostiene en lo alto con una mano. La música de dabke suele incluir al principio una especie de canto que parece una recitación y es conocido por el nombre de “mawal”.

Más tarde tomamos clase con Souhair Nemesis, una bailarina argentina que vive en Egipto desde hace 20 años y que durante siete años tuvo un programa sobre la cultura egipcia “Marhaba”. Nos enseñó una coreografía clásica oriental muy linda y con mucho sentimiento.

El sol y la noche

Por la tarde fuimos al parque de Al Azhar, desde donde puede contemplarse una fabulosa vista panorámica de la ciudad y la ciudadela. En el parque había familias con niños, parejas de musulmanes y algunos grupos de extranjeros sentados en el césped.

De pronto el sol se convirtió en un punto anaranjado encendido que pintó el cielo de tonos brillantes, destacando la silueta de las cúpulas y los minaretes. La vista nos hechizó a todas, y su espectacularidad me hizo comprender por qué durante un tiempo los egipcios pensaron que el sol era Dios (Ra). Y es que en esta latitud el sol cubre el lugar por completo, como si se tratara de un espíritu más que de un astro.

Más tarde salimos del hotel rumbo a la discoteca Al Andalus. En el trayecto comprobé que el frenesí de la ciudad no cesa por la noche. La gente sigue en las calles, comprando y moviéndose de un lado al otro, contagiada del trajín.

En la oscuridad fulguran los minaretes iluminados de verde junto con el nombre de Allah.

En la discoteca éramos las únicas extranjeras. Había muchas mesas de hombres y unas cuantas mujeres solas, que más tarde nos enteramos que eran prostitutas.

En toda la noche actuaron 8 bandas compuestas cada una por unos 20 músicos y un cantante. Pasada la media noche apareció en el recinto una pareja de recién casados. La banda paró y se puso a tocar una melodía al ritmo zafa, especial para las bodas, puntualizó Luciano. Los músicos eran espectaculares. Varios derbaques, dafs, riqs, crótalos, teclados, trompetas, nays. Incluso hubo una banda saudí conformada por varios chicos vestidos con chilaba negra (thawb) y un pañuelo blanco y rojo a cuadros en la cabeza (shemagh). Una chica saudí vestida con una abaya negra con adornos dorados acompañaba al grupo bailando con pequeños y discretos pasos.

De pronto una chica se paró a bailar en la pista. Agitaba el cabello de un lado a otro pero a un ritmo lento, con expresión de placer y una discreta sonrisa. Los hombres no paraban de aventar billetes de papel que compran en la entrada a cambio de dinero real. Los camareros los recogían del suelo. Claudia bailó con cada banda, con su preciosista y gracioso estilo de Suhair Zaki. Me recordó una vez que durante la clase hizo junto con nosotras un movimiento sencillo pero no por ello menos seductor y poderoso. Pude notar claramente cómo se encendió en ella “la diosa” y se me escapó un “Ála!” de admiración. Sin duda era una semi-deva.

En la mesa junto a nosotros había un grupo de hombres. A mitad de la madrugada una niña pequeña, de unos 3 años con un vestidito rojo brillante, se paró a bailar en la pista junto a los músicos. A todas nos sorprendió ver a una niñita despierta a esas horas. El patriarca de la mesa la llamó, le susurró algo al oído y una de mis compañeras dijo que lo vio darle un billete. Yo, tontamente, pensé que se trataba de algún familiar suyo.

No fue sino hasta el día siguiente que me enteré que en realidad era hija de una de las prostitutas que estaban trabajando en el lugar esa noche. No pude más que sentirme profundamente triste por ella y su destino y desearle de corazón que lograra escapar de las fauces de la lujuria antes de que acabaran por corromperla. Me asqueó la sordidez del lado más obscuro de la sociedad árabe del que tanto había leído en libros como “Nine Parts of Desire: The Hidden World of Islamic Women” de Geraldine Brooks y “Las Vírgenes del Paraíso” de Barbara Woods.

Nancy de El Cairo

A las 4 de la mañana salió por fin la bailarina: Nancy. Durante 45 minutos hizo shimmy, sí ¡45 minutos! Su cadera y vientre eran una cascada constante de vibraciones que sólo se detenía para marcar un acento, un dum, un tak o dar un giro. Eso era una bailarina árabe de verdad; era sencillamente impresionante.

No tenía una gran variedad de pasos, pero no perdió el ritmo ni un segundo y tuvo los brazos perfectamente colocados en todo momento. Y lo que es más importante, todo su cuerpo estaba perfectamente sincronizado con la música. Nos dejó a todas boquiabiertas y comprendí que lo que hacíamos en Occidente no era más que una mera imitación de la danza oriental auténtica.

Es una pena que sólo haya podido capturar unos segundos de su presentación, ya que el personal de seguridad del lugar me pidió que guardara la cámara, porque no estaba permitido grabarla. Llegamos exhaustas al hotel cuando ya eran casi las 6 de la mañana. Cuatro horas más tarde estábamos en la meseta de Giza.

Las pirámides

En la carretera que sube a las pirámides había casas, restaurantes y edificios de apartamentos. Desde el estacionamiento se veía una panorámica del Cairo. Estaba ansiosa por ver esas construcciones monumentales que estaban allí como testigos de la historia desde el año 2,500 antes de Cristo.

La primera que apareció ante nosotras fue la de Keops (Jufu), de casi 130 metros de altura y construida por 100,000 obreros, la pirámide contiene 2,352,000 bloques de unas 20 toneladas cada uno. Luego de contemplarla un rato subimos hasta donde nos permitieron los guardias.

Después fuimos a la de Kefrén (Jafra) y entramos en ella. El pasillo es descendente, de poca altura, estrecho y caluroso, pero no tanto como para provocar claustrofobia. Después de un recorrido de unos 10 minutos llegamos a la cámara mortuoria, en donde sólo hay un sarcófago de piedra con la tapa levantada. Guardamos silencio y rodeada de las voces de unos obreros árabes que hacían trabajos en el lugar cerré los ojos y medité. Inhalo, exhalo, inhalo, exhalo, y cuando en mi mente cesó el ruido y el flujo de pensamientos y se convirtió en un tranquilo lago formulé desde el corazón el deseo que me había llevado al Cairo…

A la vuelta, mientras caminaba por el pasillo experimenté una sensación de ligereza, como si en lugar de caminar sobre el suelo flotara sobre el aire. Me invadió una emoción que me estremeció la piel y una energía que me conmovió casi hasta las lágrimas.

Después subimos a un punto desde el que se puede contemplar las 3 pirámides. Mientras las chicas montaban camello con Claudia, 3 de nosotras decidimos quedarnos a admirar las pirámides y su entorno.

Acariciados por el viento de la meseta de Giza, le pregunté a Mohamed, nuestro guía, qué sentía al contemplarlas. Me dijo que él podía oler la historia en sus piedras. “Raihat al tarij”, pensé. Su majestuosidad se imponía al silencio.

Más tarde bajamos a la esfinge, que está a unos 2 kilómetros de las pirámides, enterrada en una fosa. El guía nos contó que en realidad la esfinge era una piedra que “afeaba” la vista de las pirámides, así que el faraón pidió a sus arquitectos que le sacaran provecho e hicieran algo con ella. Fue así como decidieron hacer una estatua con la cabeza de Kefrén, como símbolo de inteligencia y sabiduría, y el cuerpo de león, que representa la fuerza y el poder.

Pasaron los años y en el imperio nuevo la esfinge estaba cubierta de arena. Dice la leyenda que una tarde Tutmoses, uno de los muchos hijos del faraón Amenotep II (que tenía pocas posibilidades de llegar al poder por ser hijo de una madre secundaria) se quedó dormido y que la esfinge le dijo en sueños que si la ayudaba a salir de su prisión de arena lo ayudaría a llegar al trono. Tutmoses cumplió su promesa y la esfinge cumplió su palabra.

Con sus 21 metros de alto y 57 de largo, la esfinge tiene las patas delanteras desproporcionadamente largas y un aire digno pese a los turistas que se toman fotos dándole besos y en todo tipo de posturas cómicas ayudados por niños egipcios que se ganan la vida colocando a los turistas para lograr el encuadre perfecto de las imágenes. Los locales llaman a la esfinge “Abu el hul”, o “padre del terror” por su papel de guardián de las pirámides. Esa historia me gusta más, y me parece un rol más apropiado para ella que el de ser una simple piedra que afeaba la vista.

Saliendo fuimos a comer al restaurante Cleopatra. Al terminar subimos a la terraza, desde donde podía contemplarse otra fabulosa vista de las pirámides. Fue allí donde soñé con poder regresar a Egipto y compartirlo con mi familia. Deseé poder bailar un día en este increíble país por el puro placer de llenarme de su vibra a través de los pies, el cuerpo y el corazón y llegar a mover el vientre y las caderas como sus mujeres lo habían hecho desde tiempos inmemoriales.

En el Museo del Cairo que visitamos más tarde ví las joyas de Tutmoses, camas con el respaldo y las patas de gato, estatuas con ojos de vidrio y otras tantas maravillas que no pude fotografiar porque a la entrada te quitan la cámara. El guía nos explicó que muchas de las estatuas del antiguo Egipto tienen el pie izquierdo ligeramente adelantado porque se cree que el lado izquierdo está conectado con el corazón. Me acerqué a las estatuas y las estelas, cerré los ojos y las olí. Era verdad lo que decía Mohamed: olían a arena, a calor, a humedad, a pasión, a historia, a cultura, a Egipto.

Árabe de corazón

En el camino al aeropuerto le pregunté a Mohamed, nuestro guía, qué pensaba que caracterizaba a los egipcios. Me dijo que tenían el corazón ardiente, que intentaban ser amables con todos, que la familia era muy importante para ellos y que les gustaba vivir en paz. Agregó que él sentía que, como pueblo, los sudamericanos éramos los más semejantes a ellos. Concordaba.

Con su hospitalidad, alegría y calor humano los egipcios me habían devuelto el corazón árabe que los marroquíes me había robado. Yo era árabe de corazón no solo por mi dedicación a la danza, o las sensaciones que me producía su música; no solo por mi aguerrido honor, por la solidaridad que sentía con el pueblo árabe o por los muchos años que he dedicado a estudiar su idioma y su religión (el Islam) y a intentar comprender la Yihad.

Era árabe de corazón desde niña, cuando contemplaba por horas el gobelino con tres camellos junto a un oasis que había en casa de mi abuela y que ahora colgaba en mi salón. Era árabe de corazón porque fue con otro árabe de corazón con quien había descubierto el Firdauz del amor. Era árabe de corazón porque lo llevaba en la sangre, que había heredado de aquel abuelo español de ascendencia italiana y con algo de sangre mora, Alberto Cristiani, cuyos genes palpaba en mi ser.

Era árabe de corazón porque sabía querer hasta los huesos, porque cuando quería daba hasta el alma y porque en el fondo quería creer en Allah, en los ángeles, en el profeta Mahoma y en lo que está escrito, por mucho que mi cabeza, racional y testadura, rechazara algunos aspectos de la conducta del profeta y sus hadices e intentara explicarse el mundo a través del dharma y el samsara y aspirara al nirvana.

مصر

Volví a Madrid con las maletas llenas de recuerdos inolvidables, varios discos de inspiradora música nueva, un derbaque decorado con estrellas de concha nácar y la convicción de seguir progresando en la danza. Días después Claudia escribió en el Facebook que esperaba que este viaje hubiera plantado una semilla en nuestros corazones. El primer fruto de la magia de Egipto eran precisamente estas palabras.

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4 respuestas a El Cairo

  1. Amira Aisha dijo:

    Hermosa vivencia, gracias por compartirla de esta manera tan vívida.

  2. excelente, también me hiciste vivir tu experiencia…
    saludos!
    Karla

  3. Ana dijo:

    wao!!!!! muchas gracias por compartir tu experiencia, es muy inspiradora!!!

  4. Maisya dijo:

    Me inspiraste a continuar por el camino que hace latir mi corazón…danzante y árabe de corazón

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